miércoles 25 de enero de 2012

Equipaje... o "Viajar como escape - Semana 6"

Maleta rota
maleta abierta
que espera rodar por correas de luces
salir escapando por salidas de emergencia
que cargan más maletas por pasillos
que atraviesan y se caen
Maletas rojas, blancas, grises
con color y sin color al mismo tiempo
en que las abro,
las lleno,
las peso,
las siento
como guardan secretos que nadie debe decir.

-febrero de 2009

NOTA: Este poema fue escrito como parte de un ejercicio de "flujo de conciencia" en 2009 y ahora lo comparto para aportar al ejercicio al que me invitó una queridísima amiga (Marlyn Cruz Centeno). Se trata de "una serie de trabajos creativos a partir de las reglas/ejercicios del libro La Macacoa, vivirse la creación literaria de la reconocida esritora Yolanda Arroyo Pizarro. Los mismos serán publicados durante 10 semanas consecutivas, cada miércoles...".

jueves 12 de enero de 2012

Noche

Iba por el segundo cigarrillo cuando se rompió el silencio que antes decoraba únicamente el ronroneo del aire acondicionado.

“¿Tienes el cambio exacto?”, escuchó.

Él apagó el cigarrillo. Buscó en el bolsillo de atrás de su pantalón. Sacó su billetera y la giró cuidadosamente para que no se viera su licencia de conducir. Contó los billetes y se los dio.

Cuando se abrió la ventanita, apareció un par de manos. Eran oscuras, callosas, seguramente con alguna marca de lodo entre las uñas. Allí, Ella depositó el dinero. Cerró con cuidado la ventanita, segura que el de las manos seguiría allí por unos segundos tratando de adivinar sus rostros, de inventar la historia de esos dos.

Él se acercó y deslizó un dedo por debajo de su falda. Temblaba. Lo hacía casi al compás del aire acondicionado. Empezó a subir por sus muslos, mientras Ella intentaba controlar la respiración. Él tenía las yemas de los dedos suaves, sudorosas –o quizás el sudor era el de Ella. Nunca lo sabrán. El dedo índice rozó el borde de sus pantaletas. Las había comprado un mes antes. Estaban ocultas detrás de otras color negro en la tienda. Tan pronto las tocó, supo que tenía que comprarlas, aunque no tenía idea de cuándo las usaría. No alcanzó a recordar bien las palabras de la vendedora de la tienda, cuando sintió que Él presionaba sus dedos. Entonces, Ella lo detuvo.

“Háblame un poco antes”.

“¿Qué quieres que te diga?”, respondió Él, confundido.

“Cualquier cosa. No sé… ¿De dónde eres?”.

“No vivo cerca de aquí”, comenzó a inventar Él. “Vine solamente por trabajo… Es la primera vez que voy a ese bar”.

“Ok, mejor no digas nada más. Es mejor así”, interrumpió Ella y se soltó un botón de la blusa. Él intentó ayudarla, pero Ella no se lo permitió. En cambio, tomó su mano y la llevó nuevamente debajo de la falda. Esta vez, los movimientos fueron más rápidos. Al acercar sus dedos, él sintió la humedad. Y nuevamente, Ella respiró acelerada. Él dibujó un camino imaginario mientras se acercaba a su pubis.

“¿Te molesta si apagamos la luz?”, volvió a interrumpir Ella. Esta vez, sin el tono grave de su voz, que parecía sacado de una línea telefónica para adultos.

Él, cansado ya de tanta interrupción, sólo movió su cabeza en negación. Ella se estiró hasta la lámpara. Unos segundos más y ya estaba todo oscuro. A Él le costará recordar ese momento. Sólo se veían los números fosforescentes del reloj barato encima de la mesita de noche, y el segundero que avanzaba sin piedad anunciando que era casi media noche.

Estaban sentados a pocas pulgadas en la cama y Él podía casi saborear su olor. Era una mezcla de musgo y rosas; seguramente por el jabón perfumado que Ella usó antes de salir de su casa. A tientas, se acercó para besarla. Se mojó los labios, tocó los de Ella, pero no se abrían. Presionó sutilmente con su lengua. No hubo respuesta. Tocó su hombro con la mano izquierda, con la derecha se deslizó desde su tobillo hasta su cuello, pasando por la cintura, su abdomen y sus pechos. Ella seguía estática, aumentando el ritmo de su respiración.

“¿Te pasa algo?”, le cuestionó Él.

“Nada, es que estoy nerviosa. No me hagas caso. Sigue”.

Cómo no iba a estarlo. Salió de su casa a las ocho de la noche. Llegó al bar a las 8:45. Se tomó un trago que a los diez minutos ya era más agua que alcohol. Mientras movía los pocos trozos de hielo que aún no se derretían, lo vio al otro lado de la barra. Estaba solo. Vestía corbata color vino, camisa blanca, traje negro. Llevaba el pelo impecable, brilloso y estirado hacia atrás. Negrísimo. La mirada perdida; una mezcla entre ternura y perversión. Era exactamente como Ella lo deseaba. Se quedó mirándolo fijamente hasta que Él le respondió la mirada. Dudoso, le sonrió para saber si era a él a quien miraba con tan poco disimulo. Ella se acercó y se sentó a su lado. Inició la conversación como pudo e intentando no dar demasiados detalles de su vida. Él tampoco dijo mucho. Rieron acerca de cualquier cosa. Tomaron un trago más y salieron de allí. El trayecto tampoco fue muy distinto. Poca conversación, un ligero roce de manos, el sonido inquietante de las canciones techno que Él prefería escuchar. Y ahora estaban allí, en un intento de beso, en un experimento de carnes que no prometía, en un baile de máscaras en la cama de un motel.

Empezó a quitarle la blusa y a acariciarle el pelo. Era suave y también olía bien, aunque no lo suficiente para opacar el olor a musgo que emanaba de debajo su falda.

“¿En qué piensas?”, espetó Ella y rompió nuevamente con el toqueteo.

“No pienso en nada”, explicó furioso. Intentó continuar quitándole la blusa y cualquier pedazo de tela que continuara separándolos.

“¿Cómo es que no piensas en nada?”, insistió Ella.

“Pienso en lo mucho que me gustas”, trató Él de convencerla.

“¿Por qué te gusto?”.

Él no supo responder. Pensó en que realmente no le gustaba. En que prefería a su esposa. Pensó en que estaba allí, porque Ella se le acercó, él estaba solo, aburrido y hastiado de vivir sus días sentado en un escritorio revisando documentos repletos de números y códigos. Recordó cuando supo que no obtendría el puesto que necesitaba para salir del lío económico que le provocó su adicción a las apuestas.

Esa noche era su cumpleaños. De seguro, su esposa le había preparado una cena que terminó dentro de varios contenedores plásticos, luego de que Él la llamara con la excusa de una reunión de última hora con el jefe. Pensaba en esto mientras sin darse cuenta, apretaba firme con las yemas de sus dedos el cuello de Ella.

Ya no tenía la respiración agitada. De hecho, apenas respiraba. Sus intentos de tomar aire se ahogaban con el ronroneo asmático del aire acondicionado.

Él presionaba y pensaba en el charco de sangre en que encontró a su esposa la noche en que se deshicieron sus planes de tener un hijo. Casi pudo oler el feto que parecía flotar en aquel lago rojo. Y así, la garganta de Ella se llenaba de un sabor amargo, el ronroneo acondicionado se escuchaba cada vez más lejos, el temblor de sus piernas disminuía, la presión con que sujetaba las sábanas iba cediendo.

viernes 25 de febrero de 2011

A oscuras

Apaga la luz
que quiero cegarme
en tus profundas cicatrices
y arroparme en ellas.
Sentir el puño
de horas fugaces
hasta crecer mis
brazos sobre ti

Llena mis pupilas de humo
Exorciza el dolor de tu lengua
Dentro de mi matriz ausente
Que quiere parirte un castillo de arena.

Cierra la ventana y asfixia
el dolor de quererte partir
en granos, cristales, botellas vacías,
en las caracolas que te quiero cantar

¿No ves el destello de los brazos
donde quiero embriagarte de soles?

Respira que hoy la muerte no llega
Sólo una nube,
sólo la hoguera,
sólo los globos
que vuelo por ti

Tus sales me salivan la raíz
Desgarrando el cemento de mis amapolas

Ven,
Deja que me masturben tus demonios.
Hazme engendrarte de marfil
Mientras derrumbas el castillo de la muerte

Sin respirar, como ido,
como vivo, como resucitado
entre mi almohada
y el sepulcro de la Luna.

martes 9 de noviembre de 2010

Mientras dormías

El globo se posa
en el vórtice de tu espalda.
Los secunderos se columpian
en medio de tus pestañas
de niño, de hombre, amante.

No escondas el negro.
Déjame arroparme con su manto.

Juegas, niño hecho de hojas,
en el blanco de tus bucles salados.

Incéndiame tú, mi niño,
sol de océanos que me bautizan.

Vik, vik, vik...
gotas caen,
fierros suenan,
miradas pulsan
y ahí estás.

Todo tú para mí,
todo yo para ti.
Todo el fuego,
toda la noche en nosotros.

martes 14 de septiembre de 2010

En el tintero...

Eres página en blanco
donde quiero derramar mi tinta,
orilla que abrazar
con cada rizo de tus olas.

Eres algodón
para arropar nuestro mañana.
Sonríes, niño hombre,
montaña, mar, espejo.

Eres libro abierto,
como abierto tu cielo,
como dulce tu cuello,
los bucles donde se mecen
todos tus eclipses.

Eres tinta que atraviesa
cada poro de esta carne.
Aguja que penetra
con el filo de pupilas
cada uno de los sueños
de esta nave anclada aquí.

Toma mis páginas, tú,
prólogo de ojos matinales.

Estampa aquí tu firma,
que este cuento no tenga salidas.

domingo 13 de junio de 2010

Edén del Olvido (Poema para Luis)


"Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman..."
-Luis Cernuda

Muéreme, Luis en tus suspiros.
Deseos erguidos, pasajeros
en la nave del olvido,
naufragio que encalló en mi tinta.

Fúgate, fuguémonos en nubes,
niebla de algodón humedecido.
Hoy te escribo en esta Luna.
Habito olvidos, tulipanes y vacío.

Bates tus alas infinitas,
deseos de pájaros sin vuelo.
Suspiras sobre mi espalda intermitente
en el triste sonar de noches clandestinas.

Te veo, Luis.
Tu cigarro asfixia el ansia mustia.
Tendido sobre flores incoloras
cuyo destinatario
ya sin nombre no maldigo.

Lenta cae la ceniza de tu muerte,
sollozando sin decir a quién amaste
y yo aquí sin saberme vivo
por temor a morirme sin saberlo.

Buscas tu baraja, Luis
en tus calles de Olvido, pueblo
del país donde todo nace muerto
como tu silueta, tu sombra y tu sonido.

Tarde llego a tu pecho marchito,
cuando la blanca rosa
en blancas llamas te bautiza.

Penetrante realidad, Luis
mi deseo, tu invierno,
la avalancha de gaviotas
arropando tu estrenado Edén.

Duerme, Luis que el alba llega
y a rendirme cuentas ha venido
a vivirme muerto en soledades,
en cementerio de placeres amarillos.

Ya no hay ojos que te lloren,
peregrino de otra orilla.

Hoy, sólo campanas sin retorno.
De mí quien no fui tu compañero
de tu vida, tu viejo solitario;
quien codicia la caricia de tu verbo
ahogado en el naufragio de tus versos.

sábado 5 de junio de 2010

Otra vez me pilló esta nube

Otra vez me pilló esta nube
Trazando tu triángulo de lunares,
Tres puntos cardinales
De tu rosa de los vientos.

En la espalda curvilínea
De este amanecer caribe
Rasgué vértebras
Para nacerte sobre mí.

No aparecían tus pupilas,
No sembraban tus brazos,
No colgaba en tu trapecio.

Ojos que se cierran para verte,
Piernas que se abren pa' inventarte.
Camas que me abrazan,
Puertas que me abrasan.

En esta noche tampoco estabas,
En el mármol salado,
Casi trigo, casi oxidado
No habías tú.

Tu saliva ya no es mía,
Ni míos tus párpados,
Ni mías tus cejas,
Ni tu pie o tu mapa.

Otra vez la nube,
Cordillera que nos divide.
Hoy cuelgas tú
Y yo sigo purgándote
En los resortes que hoy te sueñan.

lunes 17 de mayo de 2010

Félido...

Me pediste que describiera cómo fue... así fue...

Ya estoy listo. Con tres palabras abriste la puerta. subiste y empezó. No parabas de hablar y yo, sonrisa nerviosa.
Cuando te vi, pensé que la teconología nunca le hace justicia a la realidad. Mirabas con una mezcla felina de nervios y hambre.
Cerraste la puerta y abriste la otra. Poco a poco, cayeron las capas de tu ropa, de la mía. Allí estábamos, a un roce de empezar a descubrirnos.
Ya no recuerdo si fui yo o fuiste tú, pero alguien le dio permiso al beso. Mi lengua se abrió camino hacia la tuya, mientras mis manos escudriñaban tu espalda en busca de unas alas que jamás encontré.
Sabías a ti. No era menta ni chocolate. Era el sabor tuyo que me dejaba con más ganas. Gemías. Respirabas cada vez más rápido. ¿Por qué será que siempre el aire nos traiciona en ese momento?
Nos tiramos a la cama. Me fui hundiendo en tu cuello, lamiendo desesperado, contando los segundos para llegar al animal que despertaba entre tus piernas. Y lo probé. Lamí su punta con sed, con ganas, lo devoré suave, lento, sin prisa en esa hora en que no habían horas.
Cada tanto volvía a tu boca en busca del aire que se perdía a borbotones. Quería morder tus labios, degustar tus milímetros.
Me tocaban tus manos panteras, me lamía tu lengua fiera. Las paredes bailaban cuando por fin llegaste. Enloquecí con el juego de tu boca en mí; con el subir y bajar de esas mandíbulas cadenciosas. No sabía si las voces que escuchaba existían o las inventé.
Me tomaste la mano, caminamos así, desnudos, buscando sabores que mejor no aparecieron para poder seguir degustándote.
Volvimos a la cama, tu espalda ahí, mirando cual océano abierto. Como mar sin nombre, enfurecido hasta que mi lengua naufragó entre esas olas. Era salado tu epicentro, con cierto dulzor al entrar al túnel que lamí con desenfreno. Te retorcías, mordías tus labios, escupías gemidos.
Quisiste que arara surcos con mi barba en tu espalda, en ese túnel profundo que ya era dulce, que ya embriagaba.
Te volteaste, te besé, te lamí, como ya había mordido tus montañas. Te chupé con la intención te socorrrerte, de liberarte de ese mar donde saliste. Escuchaba tu gemir cada vez más lejos, más rápido, incontenido hasta la explosión. Hasta que todo quedó blanco.
Me hundí, naufragué en las aguas desde donde saliste, hombre-niño, hombre-pantera, pantera-niño, hombre-felino, tigre-hombre, niño-leopardo, hombre, hombre, hombre...

maquetas

Te quise dibujar un poema
pero se me escurrió entre los dedos.
ni palabras, ni pinceles
saben delinear tu espalda.

Ninguno recorre tus lunares,
la línea entrecortada
hacia tu ombligo.

Desayuné diccionarios para pronunciarte.
Tallé tu lengua hasta mi infinito.

Una a una cayeron.
Se estrujaron con cunetas malolientes
porque no sabían,
porque no podían
deshojar tu pelo.

Al almuerzo llegaron tarde,
Diego.
La mesa servida,
los platos abiertos,
hambrientos de harina tostada.

Te intenté dibujar un poema
y el lienzo se me terminó.

Las líneas caían en curvas
ascendentes se unían,
no formaban formas,
no lograban nada,
no alcanzaban todos.

En la cena no había platos,
Diego.
Sólo lienzos, borradores,
ensayos de un dibujo
con que amarrarme de ti.

Te traté de dibujar un poema,
Diego,
y entre estrofa y verso
se extraviaron tus besos
y el poema se derramó.

domingo 18 de abril de 2010

Carmen

"Hace tiempo que no doy una bailadita", dijo. Los arcos de sus cejas se abrieron como agallas. La maranta morena, entre rojo y cobre, entre azúcar y pimienta. Dos puntos diminutos, sus ojos. Mirada tigresa que se saborea sus pasos. Se acomodó el chal de rosas y se puso en pie. Larga, flaca, melenuda, de pechos firmes, de pisadas fuertes, de marcadas líneas, cada músculo. Pedazos de piel, páginas escritas que van cambiándose según el viento.
Caminó.
Un paso. Una mano de frente, otra detrás. Dos pasos. Chocan tobillos. Un, dos, tres. Sonrisa felina, roja, insinuante. Un, dos. Vuelta y gira. Un, dos, tres. Giran las manos de dedos largos y finos. Giran los pies en blanco y en negro. Otra vuelta y fin. El toro ya está conquistado.